La escritura de Mario Ortiz encuentra nuevamente su disparador en un objeto en desuso, la
carcasa de un viejo televisor Zenith arrojado en una esquina. Un artefacto completamente
destruido, inservible, vacío, se convierte poco a poco en un objeto de observación y
exploración que da paso a la experimentación con la palabra. Imaginando todo lo que habrán
visto sobre la superficie de su pantalla, todas esas imágenes, todos esos sentidos que contuvo
la palabra “Zenith”, el narrador transforma ese viejo televisor en una máquina del tiempo que
lo lleva desde su infancia –cuando inventaba aparatos a los que llamaba “computadoras” pero
que en realidad copiaba de series como El túnel del tiempo–, hasta los últimos días de su padre
y de la casa familiar.
¿Las cosas están antes que las palabra? ¿Las palabras antes que las cosas? Ortiz va del pasado
al presente y del presente al pasado en una suerte de loop espaciotemporal, hasta que la
reescritura de un cuento de su adolescencia y ese televisor tirado a la basura le muestran la
pesadilla de volver obsesivamente a lo mismo. Aceptar la destrucción, perder todas las cosas,
los seres que amamos, hasta quedarse desnudo, se dice. Una nueva entrega en la serie de
experimentos literarios que Ortiz ha dado en llamar Cuadernos de Lengua y Literatura, y que
cierra una etapa.